El testimonio del director de la película Infancia Clandestina en la crónica del Diario del Juicio por la represión a quienes participaron en la Contraofensiva de Montoneros. El diario es una herramienta de difusión que impulsan los integrantes de La Retaguardia, medio alternativo, comunitario y popular. Pasen y lean la dolorosa historia de desmembramiento familiar de Ávila. Los secuestros de su mamá, Sara Zermoglio, y el de su pareja, Horacio Mendizábal. Lo que más conmovió, sin dudas, fue el relato de la separación con sus hermanos, Martín y Diego, con quienes reconstruye una relación que nunca debió ser rota.

FM La Patriada comparte el reporte completo, efectuado por el Diario del Juicio, del testimonio de Benjamín Ávila, en el juicio oral por crímenes de lesa humanidad cometidos contra militantes montoneros que participaron en la Contraofensiva contra la última dictadura cívico-militar.

 

Por Fernando Tebele

Con la colaboración de Valentina Maccarone y Agustina Sandoval

 

«El lema de los organismos de derechos humanos es Memoria, Verdad y Justicia. La memoria es colectiva, la hacemos entre todos. La justicia es de la que es responsable el Poder Judicial. Pero la verdad es la que siempre falta. Y quienes la saben, tienen el lugar para decirlo y no lo hacen. Reconstruir la pacificación de la Argentina significa que aquellos que saben la verdad, tengan el coraje de asumirse responsables y decirnos: dónde están nuestros padres, dónde están los desaparecidos, porque la verdad es que nosotros, los hijos, los familiares, las madres, las abuelas, si hicimos algo fue respetar a la justicia. Y si hicimos algo fue no tomar revancha personal. Hemos dado todos los indicios para saber que queremos la pacificación de la Argentina. Los que evidentemente saben la verdad… y lo que necesitamos nosotros desde lo personal y familiar, es que hablen y que digan dónde están nuestros familiares y qué pasó con ellos».
Ese es el final. Benjamín Ávila acaba de terminar su testimonio, uno de los más esperados y angustiantes de este juicio. Su historia de «niño de la Contraofensiva» se difundió a través de la película Infancia Clandestina, que él mismo dirigió. Ya, en ese cierre, se nota que no lo es, pero durante buena parte de su denso relato, interrumpido varias veces por el llanto y la angustia, parece que fuera aquel niño otra vez. Aunque algunas diferencias son notorias: sabe, entiende y habla más. Aun así, su adultez, ya casi pisando los 50, no lo exime de desconocer demasiado. Entonces pide, con tono sereno y nada exigente, saber toda la verdad. Pero ese es el final. Ojalá su vida, la de sus hermanos Martín y Diego, la de su mamá Charo, la de su papá de crianza Horacio Mendizábal, fuera apenas una buena película, de la que pudiéramos decir que el guionista ha exagerado, desvirtuando la realidad. Ese fue el final.

Benjamín ingresa a la sala de audiencias con su campera en la mano. Afuera las nubes oscurecen la tarde y cae una tímida lluvia,  insoportable. Tiene una camisa de jean celeste, desabotonada, que deja ver la pancarta colgada en el pecho. La imagen es la de su mamá: Sara Charo Zermoglio. Se la ve con su rostro divino, dibujada casi con perfección. Estática en el blanco y negro de una vida aplastada por el genocidio.
Cuando la fiscal Gabriela Sosti da inicio a su relato a través de una presentación, lo pone como centro de la dramática historia. Es el hijo de Charo, desaparecida, pero también es él, el Benjamín niño, secuestrado.

—Buenas tardes Benjamín. Bueno, yo tengo presente que vos fuiste víctima de secuestro durante la última dictadura cívico militar y no solamente vos, sino otros miembros de tu familia, particularmente tu mamá. Así que te voy a pedir si por favor le podés relatar al tribunal las circunstancias de ese tiempo, en qué consistía la militancia de tu madre, la persecución y cómo suceden los distintos secuestros —da pie Sosti.

¿Por dónde arranco?, habrá pensado en los días previos Benjamín, mientras tosía, acostumbrado a que su cuerpo se queje ante una cita como esta.

—Mi madre era militante de Montoneros, y nosotros estábamos exiliados en Cuba desde el año ’77. Hasta el ‘79 estuvimos exiliados ahí. Y en el principio del ‘79, aproximadamente, por algunos hechos que vivimos, podemos deducir que ya en abril estábamos en Argentina. En ese momento yo tenía 7 años. Perdón, en realidad tenía 6 años, cumplo 7 acá en Argentina. Mi mamá tenía 26. También estaba Martín Mendizábal, que es el hijo de Horacio; y Diego, que es mi hermano en común con Martín.

La ensalada familiar merece repaso. Ojalá hubiera quedado simplemente en eso, en un ensamble familiar que habilitara alguna confusión de vez en cuando. Benjamín es hijo de Sara Charo Zermoglio y José Pepe Ávila, pronto se separaron. Charo estuvo luego en pareja con Guillermo Ernst Miliki, militante de la Columna Norte de Montoneros en Tucumán, donde lo asesinaron. En esa secuencia de años, contada rápidamente como si los amores fueran tan sencillos, Sara y Horacio Mendizábal se enamoraron. Comenzaron a convivir. Ella tenía a Benjamín y él a Martín. Luego, juntos, le dieron vida a Diego. Retoma Benjamín. “En la clandestinidad conoce a Horacio Mendizábal y comienzan un vínculo, una relación muy fuerte. A partir de ese momento estuvimos clandestinos; yo estuve con ellos y con Martín. En un momento del ‘77 nos exiliamos, no sé exactamente la razón por la cual decidimos irnos, no tengo memoria de eso, tenía 4 años en ese momento. Pero nos vamos a Brasil y estamos un mes. De ahí vamos a México y de México, yo y mi mamá nos vamos a Cuba, recuerdo esa noche perfecto”, dice, y se adivina que está viendo las imágenes de aquel viaje nocturno. “Martín y Horacio se quedan en México un tiempo y tiempo después van a Cuba, y a partir de ese momento que estamos todos en Cuba, convivimos y vivimos en un edificio frente al mar de La Habana. Y ahí empezamos a ir, Martín y yo, al colegio. Martín empezó primer grado, yo jardín de infantes, y después pasamos yo a primer grado y Martin a segundo grado, ahí en La Habana, que llegamos hasta la mitad de curso porque ya en marzo nos habíamos ido. Y de ahí empezamos un período de clandestinidad; nos vamos de La Habana, pasamos por Perú, de Perú junto con Carmen Courtaux y Daniel no me acuerdo el apellido de Daniel (Zverko), son la pareja con quien en los papeles pusieron que nosotros dos fuéramos hijos de ellos. Y entramos clandestinamente al país vía Uruguay, nosotros supuestamente éramos uruguayos”, narra.
A diferencia de otros relatos, en los que se cuentan con detalles los años de la salida del país, Benjamín se interna con rapidez en el regreso. Ya más grandecito, los recuerdos aparecen con mayor nitidez. En ese retorno ya estaba Diego, con apenas tres o cuatro meses. Los tres niños, entonces, ingresan desde Uruguay como hijos de Zverko y Courtaux.

Semana Santa y choque familiar

Benjamín parece sereno. Sin rodeos va trazando el mapa familiar. Fija un punto resaltado en el sábado de la Semana Santa del ‘79. Allí dibuja una cumbre familiar de las hermanas Zermoglio en la casa de su abuela, Rosales 39, en Ramos Mejía. “Me acuerdo perfecto esa dirección porque fui muchas veces después también. Mi madre aparece y tiene un encuentro con mi abuela y con la hermana de mi mamá, con Diana, donde de alguna manera mi madre le hace entender que si quieren vernos a nosotros, a los chicos, tienen que seguir sus directivas. Tienen una discusión muy fuerte porque de no saber nada a entrar y pretender que nos sigan como si nada pasara, hubo una discusión fuerte familiar”. Desde otro plano, la semana pasada escuchamos el punto de vista de Diana Zermoglio, la hermana de Charo, que participó de ese encuentro:

—Si aceptan seguir las condiciones de seguridad que vamos a poner, van a poder ver a los chicos —contó Diana que les dijo Charo a ella y a la mamá de ambas.
—No, no voy a aceptar las condiciones de seguridad de ustedes.

Durante la audiencia de hace dos semanas, al recordar aquel diálogo, Diana agregó: “En esa época no me parecía bien aceptar esas condiciones, quedar a merced de condiciones de seguridad de gente que yo no conocía, no sabía qué iban a hacer, no me sentía segura. Yo no quise. Entonces estalló una discusión que ojalá pudiera recordar las palabras que nos dijimos, pero no las recuerdo. Fue una discusión”. Lo cierto es que no se encontraron con los chicos. La familia de Mendizábal, se desprende de lo que cuenta Benjamín, tomó otra decisión. “Yo iba a la tarde al colegio y hay un hecho concreto ahí que Horacio llega a un dia a la casa con su mamá Rosita tabicada. Tabicada es cuando están los ojos vendados para que no vea donde estábamos. Era su cumpleaños”, aclarará para quién pudiera no saber, quizá deformación profesional de no dar nada por sobreentendido. “Mi mamá cumple exactamente el mismo dia que Rosita, el 5 de mayo, por eso festejábamos los dos. Era toda una sorpresa que aparezca Rosita, para Martín mucho más porque la conocía. No recuerdo si esa noche se quedó, pero Horacio se tomó esa licencia de llevar a su madre a su casa, era raro para nosotros. No era raro todo –aclara- porque entendíamos perfectamente lo que pasaba, pero era raro que apareciera Rosita”.

Benjamín continúa con su relato. El calor en la sala sofoca. “Suponemos que esa casa es en Luján, que era una casa completamente compartimentada; cuando digo compartimentada significa que nadie sabía, porque hasta el día de hoy no conocemos a nadie que nos pueda dar un dato certero de esa casa. En esa casa empiezo a ir al colegio, con otro nombre, clandestinamente. Yo me llamaba Sergio Astrada. Estaba en segundo grado”. Allí recuerda que eran los cinco: mamá, Horacio, Martín, Diego y él. “En esa escuela Martín pasaba un tiempo con nosotros y otro tiempo con su madre, Susana Chana Solimano. Después volvió a estar con nosotros otro tiempo y cuando pasó todo en septiembre ya no lo volvimos a ver”. La mayor parte de las personas que estamos allí, con más o menos datos, conocemos la historia de Benjamín y sus hermanos. Será por eso que imaginamos lo duro que será poner en palabras el “cuando pasó todo”.

Maní con chocolate

Así se iba a llamar la película en la que Ávila exorcizó socialmente su historia familiar. “Hubo una época que fuimos a una casa, un lugar que los compañeros usaban clandestinamente, armaban cajas de maní con chocolate. Para nosotros, los chicos, era muy divertido. Ahí pasaron un par de incidentes concretos”. Recuerda que a Martín lo mordió una gata y que hubo que salir corriendo para darle la antitetánica. “Y también que hubo una discusión muy fuerte entre la pareja que estaba en la casa y su hijo adolescente. No me acuerdo si él o ella fue el que se fue de la casa y nosotros nos quedamos ahí. Una situación bastante tensa. No lo recuerdo a Horacio en esa casa. Esa noche. después de ver un partido que Martín se acuerda bien que era la revancha de Holanda-Argentina del Mundial 78, que sucedió el 25 de mayo aproximadamente, en Berna. Entonces para esa época fuimos a esa casa y después volvimos adonde vivíamos. Pasamos un dia o mas, no lo recuerdo. No recuerdo quienes eran. Capaz Martin sí. Yo me acuerdo perfectamente de los espacios y él se acuerda perfectamente de las caras y los nombres, entonces nos complementamos un poquito. Eran compañeros. Los chicos armabamos cajas de maní con chocolate y ellos guardaban dinero ahí, lo usaban para llevarlo”, recuerda Benjamín.
Martín está justo detrás suyo. Se podría suponer que en esa anécdota donde sobrevuela una complicidad entre ellos, quizá pudiera esbozar una sonrisa. Pero permanece quieto, salvo sus manos. Las tiene entrelazadas inseparablemente durante toda la audiencia. Con el pulgar derecho aprieta su palma izquierda. Dibuja sin formas. Aprieta y descarga algo de su bronca. Poco, muy poco de toda su bronca acumulada. Está viendo y escuchando en este juicio todo lo que fue reconstruyendo a lo largo de estos años acerca de la caída de su padre, junto a Armando Croatto, en un supermercado de Munro. Pero el que está ahí ahora es aquel niño mayor que él que se convirtió en su hermano en el ensamble familiar, pero siguió siendo su hermano en la separación que vendría. Martín Mendizábal está por escuchar de nuevo cómo fue el día que secuestraron a su padre. Es otra mirada sobre la misma escena. Esta vez desde los ojos de Charo y la voz de Benjamín.

Ese día

Ávila recuerda que sus días en ese tiempo habían tomado una rutina parecida a la de cualquier otro chico: “Ir al colegio, volver, un vínculo con mi madre muy cotidiano. Ella se enojaba porque no había hecho la tarea, porque no comía mucho la comida, porque no había ordenado mi cuarto”. Pero no era cualquier chico, porque su mamá y su compañero no eran cualquier papá y mamá. “Hasta que un día mi mamá se va y yo me quedo a cargo con Diego. En un momento, dos o tres horas, vuelve completamente destrozada, llorando desconsoladamente. Y me dice que lo habían matado a Horacio y que teníamos que abandonar la casa”. Toda la seguridad que Benjamín traía hasta acá se desborda. Llora sin desconsuelo cuando recuerda a su madre llorando desconsolada. “Ahí mi mamá, que era muy responsable y operativa, me dice que al rato llega un compañero que no me acuerdo quién era y me dan muchos papeles para quemar en el fuego. Entonces yo voy al fondo y empiezo a quemarlos. Y en un momento me encuentro fotos carnet de estas dos personas, Carmen y Daniel, con las que habíamos entrado al país. Yo los quería mucho a ellos, no podía quemar sus fotos y me acuerdo que las escondí en la tapia del fondo, entre dos ladrillos. Realmente siempre pensé que si ellos habían muerto era porque yo no había hecho lo que tenía que hacer. Por suerte me pude reencontrar con ellos”. Parece que no puede más. Su angustia es contagiosa. Todo el mundo allí está con los ojos humedecidos. Se siente su dolor. Es un momento de extrema densidad y tristeza.

Cumpleaños… feliz

El 23 de junio del ‘79 Benjamín cumplió 7 años. Lo festejaron, en lo que Ávila entiende ahora como un intento de blanqueo de la casa: “vinieron mis compañeritos del colegio, de todos lados”. Cuenta también que Mendizábal se había armado de una imagen en la zona: “para el barrio Horacio era un repartidor de galletitas. Tenía una camioneta con el logo”. Enseguida retoma el hilo de su relato, al que va uniendo a través imágenes. El barrio lo lleva a una vecinita. “La cuestión es que esta vecinita de al lado era mi compañerita. Entonces mi mamá no sé qué le habrá dicho, pero me deja con ellos y ellos se van. Mi mamá se va con Diego. Acuerdan que tres o cinco días después, me dejaran en un colectivo, que ella me va a esperar a mí en la terminal. Esos cinco días que pasé ahí… era una casa muy humilde. La nuestra era de material y la de ellos de chapa. Estábamos comiendo, ella tenía un hermanito, su mamá y su papá, y de repente, en el televisor, aparece el anuncio de «Estamos combatiendo la subversión», como que había habido un enfrentamiento y ahí aparece la foto de Horacio Mendizabal. Para mi fue muy fuerte, lo de la muerte ya lo sabía, pero así… tan público… fue muy fuerte. Mi mamá me había dicho que había que decir que estaba en Salta. A los cinco días, la pareja me pone en este colectivo, uno de línea, iba adelante de todo, cercado. Cuando llegué, después de un viaje largo, estaba mi mamá con Diego esperándome”. Hace cuentas y suelta su reconstrucción de qué hizo su mamá en aquellos cinco días lejos. “Tengo dos cosas concretas. Le tocó el timbre Rosa, la mamá de Horacio Mendizábal y le pide que baje y estaba con Diego. Le pide que la acompañe, que la siga, entonces van a una galería en Santa Fe y se ponen a hablar. Le pidió que si le pasaba algo a ella por favor se haga cargo de sus hijos. Esto nos contó a nosotros Rosa. Martín estaba con Chana (su mamá) por lo tanto no sabemos”. El otro dato que tiene es sobre dos llamados que realizó su madre, intentando evidentemente reengancharse con la organización. “Ella hizo dos llamados, uno a Brasil y otro a España. De Brasil no tengo nada muy concreto de a quién y cómo, pero si tengo la confirmación de que quien atendió el teléfono en España fue la pareja de Roberto Perdía, Amor. Ese llamado no le creyeron porque evidentemente mi mamá quedó desconectada de los demás militantes y ella se quería reenganchar pero ellos no le creyeron. Creyeron que era una comunicación engañosa. Para mí fue muy relevante entender un poco qué pasaba con mi mamá en ese momento. Ella estaba destrozada con lo de Horacio”. Se le astilla la voz cada vez que recuerda a su madre triste por la caída de Mendizábal.

Hijos e hijas de la Contraofensiva

Lo que muestra este juicio, al menos con los testimonios que se dieron hasta aquí, es que a los hijos e hijas de las parejas que se sumaron a la Contraofensiva podríamos dividirlos en dos grupos. Por un lado la mayoría, que se quedaron al cuidado de otras compañeras y compañeros en la Guardería de La Habana. En otro grupo, algunas parejas que decidieron no despegarse de sus niños y niñas. Casi nadie pudo zafar de la espera interminable, en algunos casos infinita. Sí puede afirmarse que quienes pasaron por la Guardería pudieron esquivar los secuestros y las apropiaciones. En este caso, el de Benjamín, Martín y Diego, el sufrimiento por la pérdida de mamá y papá se vio acrecentado porque ellos también fueron secuestrados.
Benjamín se vuelve a jactar de su habilidad para recordar cada casa en la que estuvo. Pero también recuerda sensaciones horrorosas. Como cuando vio a su mamá por última vez. “Me acuerdo perfecto, yo estaba viendo El hombre nuclear y mi mamá me pregunta si quería ir a la casa de ‘los tíos’. Los tíos eran estas personas del maní con chocolate. Y yo le dije que no. Y en esa pregunta me parece que hay un cotidiano que demuestra que pasaron varios días porque si no era como raro que me dejara hacer algo si acabábamos de llegar. Ella ahí se fue y esa noche fue la que entraron a secuestrarnos”.
Se produce un silencio. Se oye gruñir algunas narices apretadas por pañuelos.

—¿Querés contarnos ese episodio? Lamento tener que preguntarte esto —Sosti también interrumpe el silencio que ya arde, pero menos que lo que viene. Ávila no dice que sí, tan solo se sumerge en el mar de dolor.
—Ese día lo que pasó fue que nosotros estábamos en el cuarto y entraron de civil. Mi primera reacción fue abrir la ventana y ver si podía saltar… Y no se podía… Estábamos en el quinto piso, era alto. La ventana daba al aire luz del edificio. Estábamos todos los chicos en el cuarto y estuvieron ahí un tiempo largo hasta que en un momento nos sacaron. Estaba Verónica (Seisdedos, de 18 años), nos llevaron a los cuatro, nos subieron a un auto. Yo tengo el recuerdo de haber ido adelante. Era de noche pero no estábamos durmiendo. Vi que estaban de civil cuando salí. Mucho miedo. Internamente yo tengo la sensación de que lo que estaba pasando significaba muchas cosas con respecto a mi mamá. Sobre todo al no verla. No sé si tenía tanta conciencia, pero emocionalmente seguro… Ahí nos llevaron y nos subieron a un Falcon, no recuerdo el color pero creo que era azul.
—¿Tenés percepción de cuánto tiempo estuvieron dentro de la casa? —intenta precisar la fiscal.
—No tengo la percepción de cuánto tiempo estuvimos ahí. Sí tengo la sensación de que cuando llegamos al otro lugar estaba aclarando porque yo vi mucha luz. Me dijeron «Mirá para abajo, no mires». Yo hice caso, pero cuando llegamos levanté un poco y ví mucha luz. No sé si era porque estaba aclarando o porque había mucha luz. Ahí nos bajaron en una especie de casa, no la ví desde afuera pero sí al entrar. Era toda blanca y tenía una escalera al fondo. Nos llevaron al primer piso, no recuerdo si hicimos algo en el medio. Nos metieron en una especie de habitación y da la sensación que era todo acorde a una casa. La habitación donde estábamos tenía un baño en suite y un roperito entre el baño y la habitación.
—¿Tenés registro de cuánto tiempo duró ese viaje y si la casa estaba en una zona urbanizada?
—No, claramente era un lugar abierto no urbanizado porque el viaje duró una hora, dos horas máximo. Entre el miedo y lo chico que uno era uno, pierde un poco la noción de esas cosas. No era un lugar lejísimo. Fue un tiempo como para salir de la ciudad.
—¿Cuánto tiempo estuvieron en ese lugar? —retoma la fiscal.
—Yo estuve cuatro días. En esta habitación había una ventana-balcón que por la persiana se veía un poquito y tenía maderas clavadas para que no se puedan levantar. Pero sí se podía pispear. Y tenía un balcón como de cemento, no tenía rejitas. Se podía ver los días y qué hora era.
—¿Recordás quién les llevaba la comida? -siempre Sosti.
—No. Se veían árboles y estábamos arriba. Se veía cielo, no estábamos en planta baja.
—¿Recordás haber escuchado algún sonido en particular?
—No. Un día nos trajeron un televisor Noblex rojo portátil que era el televisor de la casa de Verónica y ese televisor lo teníamos ahí.

Es cierto: puede describir los lugares a la perfección. En su mano derecha tiene un pañuelo. Comienza a contar el interrogatorio al que lo sometieron. En su película, Infancia Clandestina, eligió para sí ese rol, el del interrogador. Tal vez para sacárselo de encima de una vez, de tan tatuado en su mente. “En un momento vino un hombre a buscarme y me llevó a una habitación por un pasillo que era bien oscura, bien situación cinematográfica de interrogatorio. Escritorio, una sola luz, y me sientan en la silla de adelante. El tipo se sienta adelante mio y me empieza a preguntar en qué países habíamos estado. Yo sabía que no tenía que decir que habíamos estado en Cuba, entonces repito varias veces lo de México y Brasil. Y el tipo insistía… insistía mucho. Y en un momento me dijo ‘Bueno, pendejo de mierda, sabemos que estuviste en Cuba también. Agarrá tus cosas de ahí». Giro y había, literal, una montaña de ropa acumulada que llegaba casi hasta el techo y, cuando me acerco, empiezo a buscar cosas mías y encontré mi valijita del colegio, con la que llego a la casa de mi abuela después. Guardo y guardo ropa, entre esa ropa llevo un zoquete de beba que no era de ninguno de nosotros que éramos todos hombres. Evidentemente esa ropa no era sólo de nuestra casa”.

Libre pero solo

Benjamín sigue contando. Detrás están, en la primera fila, además de Martín, que sigue mirando sus manos; la pareja de Benja; sus dos hijos, junto a la madre; y Diego, que se pone rojo en los momentos cumbre del relato. Es alto. Tiene el mentón partido heredado de su madre. Buena parte de su rostro angular refiere a la foto que cuelga del pecho de Benjamín, que ahora cuenta cómo lo soltaron, por decirlo de alguna manera. “Ahí me llevaron, me subieron a otro Falcon, con dos tipos, yo iba atrás. Viajamos un rato largo y llegamos a un lugar y me dicen ‘Esta es la casa de tu abuela’. Y miro y yo sabía que esa era la casa de mi abuela, era muy particular, una puerta tipo de barco tiene un ojo de buey y cuando la miro digo que sí. Y me dicen ‘Bueno, bajate’. ‘¿Y mi hermano?’, y me reputea. Me bajo y se van. Yo voy, toco el timbre. Después, por los relatos de mis tíos, era como la una de la mañana. Estaban muy sorprendidos de verme cuando abrieron la puerta, yo no entendía por qué estaban tan sorprendidos. Y ahí estuve un tiempo largo hasta que decidieron llamar a mi papá, que no sabía nada de mí hacía como tres años, para decirle que yo estaba en la casa de ellos. Evidentemente dejaron pasar un tiempo para ver si aparecía mi mama. Y ahí me fui a vivir con mi papá a Tucumán”. La parte del plan macabro que les tocó en suerte a los tres niños fue que recuperaran su libertad pero no estuvieran juntos.

Papá que no era papá

José Ávila solo sabía que su hijo estaba con su madre. La clandestinidad y otras cosas los habían alejado. Pero ahora Benjamín estaba con él nuevamente. Y sin mamá. “Mi papá se había casado hacía 9 meses con Maria Hebe González y yo llegué a la casa, tenía 7 años, hacía la mitad de mi vida que no lo veía a mi papá, sólo tenía una foto suya en mi caja de juguetes, por lo tanto mi papá no era mi papá. Me costaba mucho decir ese nombre. Entonces yo durante mucho tiempo no hablaba de mi madre y en un momento empecé a hablar y a ir a la psicóloga para abrir un poco, e internamente, en mi cabeza yo estaba clandestino en esa casa, esperando a que mi mamá tocara la puerta y volver a mi vida con ella, con Diego y Martín. Viví clandestino siendo un nene lindo, tranquilo, aplicado en el colegio, hasta que a fines del ‘82, (Reynaldo) Bignone declara a todos los desaparecidos, muertos. Mi papá se sienta delante mío, me lee la noticia y me dice: ‘tu mamá está desaparecida, para el gobierno está muerta’. Por primera vez todo eso que yo esperaba que sucediera en algún momento, que mi mamá tocara la puerta e irme, no iba a suceder. Por primera vez veo a mi papá como la única persona que me quedaba en el mundo. Entonces me aferro fuerte a él”. Reconoce en ese punto un cambio. “Ahí empiezo a ser un niño de verdad, sin clandestinidad, a ser rebelde, caprichoso, a robar plaquitas de los autos para coleccionar. Yo iba muy seguido a Buenos aires a la casa de mi abuela y ahí estaba con los hermanos de mi mamá. No recuerdo si me iban actualizando pero si recuerdo en el ‘84, que me llegó una carta de Diana (Zermoglio, su tía) donde me cuenta que lo habían encontrado a Diego y una foto del primer encuentro que habían tenido. Por primera vez le veo la cara con cuatro años y medio, yo lo había visto con 9 meses. Fue una alegría enorme.

—¿Y con Martín? —pregunta Sosti, mientras en la sala muchas personas agachan sus cabezas para que no se les note la conmoción.
—No volví a tener algún tipo de contacto hasta el año 89/88. Al año siguiente yo vengo a Buenos Aires a rendir un examen para entrar a un colegio, mi papá había conseguido un trabajo y nos íbamos a venir a vivir acá. En ese viaje me reencuentro con Diego. Fue muy hermoso, fuerte y confuso todo. Él tenía 5 años. De ahí empezó a entender la otra parte. Siempre supo quién era su padre pero no quién era su madre. Vivia con Heriberto Schoeffer, que era su padre adoptivo. Empezamos a tener un vínculo. Diego tenia una hermana que también era adoptada de la pareja y una biológica. Empezamos a tener cierto vínculo. Ya en el ‘86 empezamos a vivir algo más cotidiano de mi familia. Diana empezó a tener una relación más fuerte con él. Presionado por Abuelas, que empezó a restituir a los nietos y mi familia, con pocos recursos sobre lo que había que hacer, empezó a pedir su restitución y ahí se inició el juicio y se quebró el vínculo con los Schoeffer. Y de ahí en más el que quedó en el medio entre las dos familias fui yo. Yo lo iba a buscar a lo de los Schoeffer, lo llevaba a Ramos Mejía y lo devolvía. Una de esas veces que lo voy a buscar para una navidad me dicen ‘Mirá quién viene ahí’ y venía caminando Martin. Y diez años después nos encontramos ahí y fue re loco porque eso fue como a las seis de la tarde y ellos entraron a la casa de Heriberto Schoeffer y estuvimos parados charlando cuatro, cinco horas. Nos pasamos los teléfonos, yo lo llamaba. Alguna vez fui a su casa y me quedé a dormir.
—¿Alguno de los dos te contó cómo llegan?
—Siempre la pregunta era por qué no me lo dejaron a Diego, era más fácil llevarnos a los dos. Veinte años después me encuentro con Verónica Seisdedos, y ella me relata que después viene una mujer y habla con ella y se lo lleva a Diego. Los sacan a ellos, le ponen un especie de sobretodo, agarra de la montaña de ropa su ropa y el hombre con quien hablaba le dijo «acá te dejo plata para que te tomes un taxi y vayas a lo de tus abuelos». Ella le responde «¿no puedo ir a mi casa a buscar ropa?» y el tipo muy sacado la putea «pendeja de mierda, ya con esto de los Mendizabal me tienen las bolas por el piso». Cuando ella me cuenta eso, me doy cuenta por qué Diego no se quedó conmigo: porque evidentemente sabían quién era, sabían que era el hijo de Mendizábal y, esto es una pura elucubración mía —aclara— siendo hijo de un comandante montonero, del otro lado dijeron no vamos a… Diego era ideal para la apropiación: rubiecito, ojos verdes, pintón. Ideal para robárselo. Lo terminan dejando en la casa de Neliné (Nélida Solimano de Melián), la hermana de la mamá de Martín), que no tiene ningún vínculo sanguíneo con Diego, pero como la familia Solimano empieza a buscar a Chana y a su vez a Martín, mueven contactos fuertes, parece que con Massera, y también el hermano de Horacio Mendizábal tenía contactos, y parece que con esos contactos evidentemente a los Mendizábal no los separan”, en primera instancia. Benjamín cuenta allí que “Neliné recibe un llamado de una voz que le dice ‘Si querés el paquete grande te llevas el paquete chico’. Le habrán dicho que sí, sin saber quién era, no sabian que habia pasado con la vida de Horacio posterior a separarse de Chana (Solimano), nada. Cuando llega Martín, se enteran de que era su hermano y ahí empiezan a entender quién era Diego. Supongo que esa familia no tenía idea.
—¿Cómo termina Diego en la familia Schoeffer? —la fiscal intenta aportar claridad en la confusión aturdidora.
—La que legalmente podía hacerse cargo era la abuela Rosa. Ella dijo que estaba muy viejita y que no podía. A Marcial, que era el hermano del padre (Mendizábal), la esposa le dice: ‘yo no voy a criar hijos de subversivos’ y lo niega. Dice que se va a hacer cargo de los pañales. Neliné después dijo: «Martincito es mio» y un amigo de la familia muy cercano a Horacio, ideológicamente de bandos separados, pero se respetaban mucho desde lo humano, dijo que se hacía cargo de los dos y Neliné dijo «Martincito es mío, Martincito es mío», entonces a Diego deciden dárselo a los padres adoptivos. Se va a vivir con ellos temporalmente; es más, lo sacan del país y se van a vivir a Inglaterra durante tres años, autorizados por Rosa Mendizábal. Vuelven, creo que en el ‘83 y ahí ya tenían otra hija adoptiva y a su hija biológica. Ahí empieza a crecer Diego en esta familia. Mi familia, mi abuela y mis tíos empiezan a investigar, colaboraban con Abuelas y en un momento encuentran el dato que Neliné Solimano era quien podía saber. La van a ver y ella les miente en la cara diciendo que a Diego lo habían entregado a una asociación cristiana cuando tenía menos de un año, apenas lo recibieron. En realidad ella sabía perfectamente, se lo confiesa a Martín muchos años después, les mintió en la cara a mis tíos, por lo tanto nos llevó un año y medio más encontrarlo a Diego y poder revincularnos.

La repartija del destino

Así califica Benjamín, ya en el cierre de su paso por el juicio, ese desmembramiento familiar al que fueron sometidos los tres niños. Comenzamos a entender que para él es bien importante dar testimonio no sólo por sí mismo, sino también como reparación para sus dos hermanos. Se está asumiendo, otra vez, como el mayor de los tres niños. Y se recompone para el envión final. En esa repartija del destino, se considera el más afortunado. “De los tres, yo fui el que tuvo más suerte. Se llama lo que yo le digo la repartija del destino: a mí me la barajaron una vez, a Martín una vez, a Diego tres veces. Yo tuve la suerte de crecer con mi papá y que mi historia familiarmente no sea algo malo, sino que era algo que se podía hablar, expresar y contener, siempre y cuando yo lo necesitara. Diego, que le repartieron las cartas de su destino tres veces, llegó a una casa en la que le dieron amor, a su manera, a su entender… que era estar lejos de su familia biológica como algo bueno para él. Pero de alguna manera él creció con cierta contención. Con la desgracia de que esta familia es del Opus Dei, exactamente opuesta de la visión del universo que podríamos tener nosotros… por lo tanto, internamente, para Diego fue vivir en un lugar donde su historia personal, biológica, inicial, era mala. Diego creía que nosotros lo íbamos a robar… Eso es lo que en esta familia, para protegerse ellos, le metieron en su corazón. Y ese corazón, que late tratando de encontrar su propia verdad, hoy treintaitantos años después, está tratando de entender qué es lo que quiere ser. Por suerte la vida, como dijo mi abuela cuando nos vio en la navidad del año 2002, pudimos hacer el encuentro entre las dos abuelas Rosa y Sara con Diego, Martín y yo, un hermoso encuentro. Mi abuela dijo ‘ya me puedo ir tranquila porque están los tres juntos, y así fue”. Su voz se enjuaga nuevamente en angustia contenida. Ahora recordando a su abuela. “Era verdad: por primera vez empezamos a estar los tres juntos, eligiéndonos de a poquito. Y Martin, que fue el que peor la pasó de todos, perdió a sus dos padres y creció en una casa donde fue ninguneado, torturado psicológicamente por el marido de Neliné Solimano y la pasó muy mal. El refugio que tenía era la casa de Rosa donde se iba los domingos a escuchar los partidos y que le dieran comidita y un poquito de calor. Realmente le costó mucho la vida. Por suerte está acá”.

Apenas ha pasado una hora. La intensidad de la historia hizo que pareciera más. Después vendrá aquel final. Los aplausos. El abrumador silencio que seguirá a los aplausos. Dos minutos quizá. Silencio que Benjamín ocupará al levantarse de la silla con abrazos apretados y unas cuántas lágrimas secadas en los hombros de sus hermanos, Martín y Diego. Los buscará de nuevo afuera. Pedirá una foto con toda su familia ensamblada, pero entera. La foto de mamá en el pecho. Esperará por la fotógrafa sin romper la línea de abrazos. Después de todo este tiempo de distancias, de fragmentos desgajados vueltos a soldar con esmero, de recordar lugares a la perfección. De plasmarlos en imágenes cinematográficas dolorosas y estéticamente delicadas. Después de todo eso, Benjamín, con la barba cubriendo las marcas en su rostro, con la angustia tapizando las ausencias, se aferra a sus hijos y vuelve ser el grandote de tres hermanos.

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