Por Miranda Carrete, Rocío Prim y Estefanía Santoro
Fotos: Fede Imas y Mauro Martínez

Fuente: Revista Cítrica

Cuando comenzó la pandemia la comparativa de los mapas de contagio de dengue y COVID-19 en la Ciudad mostraba que la enfermedad transmitida por el mosquito Aedes aegypti afectaba mayormente a las villas y los barrios más pobres. El mismo mapa graficaba que los casos de coronavirus se concentraban donde viven mayormente las clases medias, altas y lxs residentes que habían vuelto recientemente del extranjero.

Si miramos el mapa hoy los datos que arroja son muy distintos. Ahora en los barrios populares la velocidad de contagio del COVID-19 es mayor. Desde el inicio de la cuarentena lxs vecinxs que integran las organizaciones sociales que trabajan en las villas alertaron sobre las graves consecuencias que provocaría que el virus comenzará a circular en sus barrios. Exigieron hasta el cansancio la intervención estatal urgente con políticas públicas de salud, pero no fueron escuchadxs. Debido al hambre, el hacinamiento, la falta de agua, de elementos de higiene, las malas condiciones sanitarias y de vivienda, hoy el contagio es muy difícil de controlar.

“Me doy cuenta que nuestras vidas, las vidas de las villeras, de los barrios no les importan nada. Nos decían que a la gente con Covid positivo la llevaban a un lugar separado y al final los amontonaron a todos, mezclaron gente contagiada y gente no contagiada. Estamos muy mal acá porque tenemos que bancar la parada en los comedores y ayudarnos entre nosotros, de afuera no recibimos ayuda, no cumplen con lo que nos prometen”. El relato pertenece Isa, vecina de la Villa 21-24 que integra el Frente de Organizaciones en Lucha (FOL). Como todos los días, ella sale de su casa para ir al comedor de su organización que está en su barrio y que hoy da de comer a más de 400 personas. Cuenta que el lunes comenzaron a realizar los primeros testeos en esa villa: “Se llevaron a las compañeras al Hospital Ramos Mejía y no respetaron ningún protocolo, había madres que decían que supuestamente le había dado positivo y después resulta que era negativo y las dejaron ahí con gente que sí estaba contagiada, metieron a toda la gente en el mismo lugar, ni siquiera les dieron medidas de higiene”, cuenta Isa.

Sin insumos para proteger

Con 28 pacientes con COVID-19, el Hospital Ramos Mejía hoy posee un 80% de camas de terapia intensiva ocupadas, según comunicaron sus trabajadores, también hay personas con dengue y el servicio de neurología está cerrado de manera preventiva porque hubo enfermerxs que dieron positivo de coronavirus. A este nosocomio fueron derivados los casos sospechosos de COVID-19 de las villas sin respetar los protocolos de aislamiento correspondiente. Lxs trabajadores de la salud denunciaron la falta de elementos de protección y de profesionales para atender la emergencia. Claudio Gómez, delegado del hospital asegura: “Hasta el momento hay 8 enfermeros, y 6 médicos infectados. Además una docena de trabajadores que ya están en sus casas o aislados en hoteles. Necesitamos que nos escuchen desde el Ministerio de Salud y el Gobierno de la Ciudad, que nos provean elementos de protección personal como corresponde. El miércoles nos llegaron insumos con fallas, camisolines que no tenían mangas. De esa manera el personal no puede atender a los internados con Covid. Tampoco nos entregaron los mamelucos para las áreas de internación cerrada, ni las escafandras que corresponde para atender a un paciente con Covid-19. Al menos necesitamos 50 enfermeros en el hospital. Muchos compañeros se tomaron licencia de riesgo por enfermedades y no fueron reemplazados.” Los trabajadorxs ya presentaron dos recursos de amparo. “La idea es cuidar a los que cuidan”, remata Claudio, haciendo referencia a las medidas que están tomando para poder trabajar en condiciones dignas.

Las ollas vacías de la pandemia

Desde que comenzó la pandemia lxs vecinxs de las distintas organizaciones que activan en los barrios se unieron para reclamar asistencia al Gobierno de la Ciudad con el fin de evitar que el virus entre al barrio: “Veníamos reclamando comida para los abuelos, estirando la ollas, hacíamos lo imposible para que alcance para todos, de tener 100 familias en el comedor pasamos a tener 150 a la semana siguiente que arrancó la cuarentena y cada día aumenta más. También seguimos con el problema del dengue, que ya veníamos reclamando. Cada organización tuvo que poner de su bolsillo para comprar más comida porque al no poder salir la gente a laburar todos se volcaron a los comedores, no nos alcanza la cantidad de comida, estamos haciendo lo que podemos. Armamos grupos para que no vengan todos en el mismo horario, empezamos a cocinar a la mañana y a la tarde, pero al Gobierno no les interesa que nosotros podamos salir bien de esta pandemia,” asegura Isa de la 21-24.

En las villas la primera línea de cuidados y asistencia continúan siendo las mujeres.

En ese comedor reciben sólo cuatro litros de detergente de baja calidad y lavandina diluida con agua cada 15 días que nunca alcanza. La mujer cuenta: “Hoy la consecuencia de no escucharnos es la muerte de nuestros vecinos. Reclamamos que el protocolo que armaron sea también para nosotros, que lleguen los testeos, necesitamos elementos de higiene, las vacunas para los abuelos, cosas básicas reclamamos, estamos pidiendo lo mínimo para no morirnos. Nosotras mismas estamos al frente, yendo a las casas de cada adulto mayor que no puede salir a dejarle su comida.”

En las villas la primera línea de cuidados y asistencia continúan siendo las mujeres, son las que cada día ponen el cuerpo y llevan adelante la totalidad de las tareas tanto en sus casas como en los comedores. “En mi bario hay gente contagiada pero salen igual al comedor porque necesitan comer, sus hijos tienen que comer. Las mujeres somos las que salimos a buscar las cosas, los varones no están trabajando, pero tampoco van a hacer la fila para buscar comida. Las mujeres estamos bancando todo y con los pibes en las casas que no tienen clases, es durísimo para nosotras.”

En los inicios de la pandemia representantes de 20 organizaciones sociales que trabajan en los comedores y las ollas populares de la Villa 21-24 se reunieron para buscar una solución a las problemáticas sanitarias del barrio. Acordaron implementar en conjunto, con algunos insumos que envía el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, cuatro postas de salud que funcionan desde hace una semana de lunes a viernes de 9 a 17 en esquinas estratégicas de ingreso a la villa sobre las calles Zavaleta, Luna, Iriarte y Osvaldo Cruz. Mariela Maraza es una de las promotoras de salud del FOL que pone el cuerpo todos los días, sin ninguna remuneración, en el barrio donde ya se confirmaron 73 casos positivos: “Entregamos a los vecinos barbijos, alcohol en gel y folletos con información para cuidarse del COVID-19. También rociamos con alcohol los colectivos que llegan al barrio y sus ruedas para que el virus no ingrese. Además desde el día cero hablamos con los vecinos para que no salgan de sus casas, pero la mayoría no puede quedarse porque no tiene qué comer. También entregamos comida a los abuelos. Es un trabajo muy duro para nosotras las promotoras. A las personas infectadas y casos sospechosos las tuvieron a todas juntas más de 12 horas en La Casa de la Cultura sin comer nada y con baños en condiciones terribles.”

Dagna Aiva forma parte de la Coordinación de Salud de la Junta Vecinal de la 21-24, y asegura que hace dos meses se organizaron, sin embargo la gestión de Horacio Rodríguez Larreta no les brinda asistencia. “La situación acá se está tornando muy difícil, porque no se están cumpliendo con los requisitos mínimos de aislamiento y traslado. Si van a un hotel, a hospitales, no saben a dónde los están mandando. Esto pasó hace dos días, empezamos a viralizarlo, ahora están haciendo el trabajo más rápido. Pero resulta que igual cuando llegan a los hospitales no son atendidos, los pacientes están deambulando en habitaciones precarias, no les hacen el test rápido. Las familias están desbordadas. Por eso seguimos en la misma situación”, explica.

PH: Mauro Martínez

PH: Mauro Martínez

También advierte que a esto se suma la falta de agua en la villa ubicada en Barracas: “Hace rato no pasaba y justo en esta pandemia se cierran las llaves principales para que no haya agua. Estamos muy preocupados. Nadie responde, Aysa no sabe nada, las empresas nos saben nada, los trabajadores no están viniendo, todo es un desastre. No vamos a permitir que pase lo que pasó en la Villa 31, nos organizamos para evitarlo. Resulta que ahora vienen a borrar todo nuestro trabajo y no saben hacer nada. Estamos muy cansados de que se organicen reuniones donde se dice siempre lo mismo, donde nos hacen sentir incómodas y no se hace nada”.

Con 18 casos confirmados de coronavirus, la Villa 20 ubicada en Lugano, es otro de los barrios que hace tiempo pide asistencia del Gobierno de la Ciudad por la falta de agua corriente, entre otros reclamos. Algo que dificulta mantener las condiciones de higiene, una de las principales recomendaciones para evitar el contagio del COVID-19, y estimula la reproducción del Aedes aegypti en el agua que se acumula en las demoliciones abandonadas por la gestión del gobierno de la Ciudad. “En Villa 20 no tenemos agua corriente, es un problema de años que nunca se resolvió eso hace que tengamos que acumular agua en la casa. También el proceso de urbanización dejó muchas demoliciones y aún no se levantó el escombro, es basura, por más que se fumigue el mosquito se sigue reproduciendo. Estamos en una situación muy grave.” comenta Graciela González Jara, integrante de Proyecto Comunidad y coordinadora del Merendero Villa 20.

Un Estado ausente

Como vecina del barrio cuenta: “Ya el deterioro de los cuatro años de macrismo casi acaba con nosotros. Sabemos que en el barrio la mayoría de los vecinos trabajan de manera no registrada, entonces el aislamiento los trabó. No pueden trabajar, no pueden poner un plato de comida en la mesa. Los comedores no dan a basto. El gobierno de la ciudad sólo nos da una caja de alimentos con 20 productos. Según el último censo somos 9000 familias aproximadamente, y sólo bajan 3000 cajas. Tenemos un desfasaje terrible.” Y agrega: “es muy difícil decirle al vecino ‘no estás en el listado’, cuando nosotros somos referentes del barrio y sabemos por la situación por la que está pasando, y decirle ‘ni el Estado te puede ayudar’. En el merendero sólo nos dieron un aumento de 15 raciones, es muy poco. Todavía no llegaron los productos de limpieza, seguimos reclamando.” Mientras tanto, ante el abandono estatal, las organizaciones siguen tejiendo redes para protegerse de los contagios.

Todavía no llegaron los productos de limpieza, seguimos reclamando.

La falta de agua no es algo que solo sucede en las villas de la Ciudad, en el Barrio General San Martín, ubicado en Villa Pueyrredón, un complejo de 32 edificios donde viven 934 familias, hace seis días están sin agua, Flavia vecina del lugar cuenta: “Hay muchas personas de riesgo, mayores y también niños. Aysa no nos da una respuesta, vienen las cuadrillas y dicen que es problema de cada edificio. Algo que es mentira. La presión que están enviando es menor a la que tienen que enviar. No nos quedó otra como vecinxs que organizarnos, queremos que nos devuelvan la presión de agua que teníamos. Estamos pensando en salir a la calle hacer un ‘barbijazo’. Es desesperante, cuando salimos a comprar no podemos lavarnos las manos. Algunos edificios están más complicados que otros, porque sólo hay cuatro entradas de agua para abastecer a todo el barrio. Nos estamos manejando con baldes, bidones, recargando todo el día. Si algún vecino tiene bañera la llena, así vamos recolectando agua”.

Es desesperante, cuando salimos a comprar no podemos lavarnos las manos.

La tasa de contagio de coronavirus en los barrios populares de la Ciudad aumentó de forma exponencial, tal como lo venían alertando las organizaciones sociales desde que la pandemia llegó al país. La falta de agua agrava la situación de lxs habitantes de las villas, que ya en una situación previa de hacinamiento y precariedad, hoy no pueden ni tienen acceso a este recurso esencial. La desidia, negligencia y el abandono del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, deja al descubierto una red de violencias que se agrava en el momento más crítico. ¿Y el Gobierno Nacional? ¿Por qué esperó tanto para tomar cartas en el asunto? ¿Tenían que fallecer dos referentes para que llegue una respuesta?

Este martes comenzó un operativo conjunto entre Nación y Ciudad para detectar puerta a puerta el coronavirus en la 31, dos meses después de decretado el aislamiento, con más de mil casos en ese barrio, la muerte de vecinxs y cientos de advertencias previas por parte de las organizaciones sociales. Ya son varias las villas en las que los casos comenzaron a incrementarse y lxs vecinxs tienen miedo. Graciela González Jara, integrante del comedor de Villa 20 cuenta: “El martes hubo reunión de comité de crisis en donde participan tres frentes de organizaciones de la Villa y por parte del estado el Instituto de Vivienda de la Ciudad, en el cual desembarcó desarrollo social de Nación y Ciudad y hablamos del Programa El Barrio Cuida al Barrio y Detectar pero está todo en proceso de organización. Estamos encima de las necesidades de lxs vecinxs, sosteniendo nuestros merenderos y comedores. Conteniendo la crisis con lo poco que tenemos”. El frente de 14 organizaciones que interviene en la Villa 20 creó un protocolo donde proponen puntos clave como la vigilancia epidemiológica, identificación de casos sospechosos  y la necesidad de activar recorridas de desinfección preventiva.

Según datos oficiales la letalidad por coronavirus en los barrios populares es de 2,4 por ciento. ¿Cuál es la estrategia que propone el Jefe de Gobierno de la Ciudad para no seguir lamentando vidas? ¿Por qué se usan hoteles para aislar a quienes regresan del exterior, sin embargo a las personas que dieron positivo en las villas no se las aísla como corresponde? ¿Cuál es la razón por la que se desatienden las demandas de las organizaciones en los barrios? ¿Será que  hay vidas que valen menos que otras?

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